Siempre creí que, mientras uno pudiera agarrarse a algo, todavía había esperanza.
Aquella mañana me levanté aturdido, como si hubiese pasado toda la noche corriendo en lugar de dormir. Me incorporé con cuidado. Los ojos me dolían aún, tras la última operación, varios días atrás.
Con mis manos tanteé las paredes hasta llegar al cuarto de baño. Mis dedos alcanzaron el espejo. Lo toqué con anhelo. Un gesto de emoción se escapó de mi boca. Después, acaricié los vendajes que aún protegían mis recientes heridas.
A pesar de que llevaba varios años sin poder cuidar de mi hijo, desde hacía unos pocos meses, pude recuperar ese derecho. Siempre bajo supervisión. No tenía a nadie más.
Ese día era el primero en que nadie más me acompañaría, ya que mi hijo no era tan pequeño y yo había aprendido a manejarme en un entorno conocido como mi casa. Mi abogada fue muy persuasiva.
Me acicalé, antes de que me lo trajeran. Pronto estaría en casa, me apresuré para que todo estuviera listo.
Entonces, el timbre sonó. Abrí enseguida. Me agaché. Pronto me sentí reconfortado por los brazos de mi hijo.
Cerré la puerta y nos dirigimos al sofá. Nos pusimos al día, entre bromas y risas.
Le entregué un regalo. Pude escuchar sus gritos de emoción al abrirlo. Lo dejé en el salón, jugando, mientras me dispuse a preparar la comida. Espaguetis con tomate. Su plato favorito.
Hacía tres años, tuve un incidente, ejerciendo mi labor como policía, que me dejó sin visión, justo poco después de mi divorcio. Mi exmujer aprovechó para conseguir la custodia de nuestro hijo.
El extractor funcionaba a todo trapo y el agua borboteaba con fuerza. Era el momento de echar la pasta en el cazo.
Con la mano izquierda busqué el calor y la humedad del vapor, y con la derecha procedí a ejecutar la tarea.
De pronto, el timbre volvió a sonar. Bajé la potencia del fogón, me lavé las manos y me dirigí a la puerta.
Al llegar al salón, el silencio fue desconcertante.
—¿Pol? —llamé a mi hijo.
Nadie contestó.
Palpé la pared hasta llegar a la salida. La puerta se encontraba completamente abierta.
Presté atención a los sonidos. Notaba la presencia de alguien desconocido. Quizá más de una persona.
—¡Papá! —escuché gimotear a mi hijo.
En aquel momento, otra voz entró en escena.
—Cierra la puerta y quédate donde estás —amenazó una voz joven y desafiante que me pareció conocida.
Pensé en el bastón guía. En utilizarlo como arma. Estaba a mi alcance. Podía cogerlo en un abrir y cerrar de ojos. Vacilé unos segundos.
Entonces, escuché la voz de alguien más.
Era una mujer, también joven.
—¿Este es el que te encerró? —preguntó con arrogancia—. Es hora de que pruebe de su propia medicina.
Noté cómo se acercaba. Agarré el bastón y golpeé con todas mis fuerzas. Escuché un leve gemido precedido del latigueo.
A continuación, sentí una tensión en la vara. Alguien tiraba de ella.
A pesar de todos mis esfuerzos, consiguieron arrancármela de las manos. Durante unos segundos, no supe qué hacer. Antes de que pudiera reaccionar, me arrebataron la conciencia de un golpe.
Cuando la volví a recuperar, me encontraba estirado en el suelo, con una mordaza y maniatado a la espalda.
No podía estirar las piernas del todo. El habitáculo parecía bastante reducido. Pensé en el lavadero de mi casa.
Intenté gritar todo lo que pude y a patalear contra cada obstáculo, pero no escuché réplica alguna. Me incorporé como pude. Un mareo hizo que mi cuerpo cediera por un momento. Logré estabilizarlo.
Toqué todo lo que me rodeaba.
Aunque habían cambiado algunas cosas de lugar, como la lavadora y un armario, las ventanas estaban donde siempre. Estaba casi seguro de que me encontraba en mi propia casa.
La puerta estaba cerrada, a pesar de que no recordara que tuviera cerradura. La golpeé, primero con las manos, después con los pies.
Cuando me recompuse, acerqué la oreja para escuchar a través de la madera.
Volví a oír la voz de mi hijo, angustiada y lastimera.
De pronto, la puerta se abrió. Una risa burlona invadió la estancia.
—Nos vamos. Ahí dejamos a tu hijo. Si eres capaz de encontrarlo es todo tuyo.
No entendía nada. No era posible que se hubieran rendido tan fácilmente. No acababa de confiar en aquellas palabras.
Entonces, escuché el sonido de la puerta al cerrarse.
Conseguí sacarme la mordaza y llamé al niño. Un gemido atenuado surgió de algún lugar de la casa. Me dirigí hacia su procedencia. Tuve que girarme para abrir la puerta con las manos bloqueadas a mi espalda.
Cuando llegué a la habitación de mi hijo, un balbuceo amortiguado resonó desde fuera. Tropecé con algo. Con el tacto de mis dedos, pude apreciar que habían tirado los muebles sobre el suelo. Pol seguía gimoteando. No encontraba la forma de salvar aquellos obstáculos que me impedían llegar hasta él. Me subí al mueble que tenía delante. Mis pies se deslizaron como si estuvieran en una pista de hielo. Al caer me golpee el brazo. Escuché cómo chasqueaban algunos de mis huesos. Una intensa punzada recorrió mi espalda y erizó mi cuero cabelludo. Maldije a aquellos desalmados.
El dolor era tan insoportable que creí perder la conciencia. Aunque mi hijo me necesitaba; no me lo podía permitir.
Mi brazo crepitaba mientras me movía. Intenté zafarme de las ataduras, pero era imposible deshacerme de ellas.
La ventana estaba abierta. Pude intuir la presencia de mi hijo sobre la cornisa, inmovilizado. Mi intención era caminar hasta donde él estaba, para conocer su situación. No sabía de qué forma podría ayudarlo. Me di la vuelta. Anudé las cortinas, una con la otra, lo más alto que alcancé, y lo improvisé a modo de escalón. Logré subir al alféizar.
Arriba, la cabeza todavía me daba vueltas. Quise tranquilizar a Pol, pero mi proximidad no parecía tener ese efecto.
No podía ver dónde se encontraba. Comencé a rozar mi rostro sobre la fachada. Quería arrancarme los vendajes como fuese. Aún era pronto para saber si la operación había tenido éxito, pero la situación lo requería.
Logré despegar una parte. Abrí los ojos. La luz me cegó. Me costaba un esfuerzo enorme mantenerlos abiertos. Pude vislumbrar algunas formas.
Logré ubicar a mi hijo. Me fui acercando a él, poco a poco. Se volvía cada vez más complicado, pues no podía ayudarme con las manos. Hubo un momento que trastabillé.
Fue cuando me percaté de que había gente en la calle observando, puesto que sus voces de asombro aumentaban a cada movimiento. Cuando estuve a su lado, le coloqué la mano en la cabeza. No paraba de moverse y de llorar. Comprobé que tenía una mordaza y se la extraje. Tosió convulsivamente.
Después pudo hablar:
—Papá, me han pegado con pegamento —se quejó—. No puedo levantarme.
—¿La piel o la ropa?
—La ropa.
—Intenta sacarte la ropa que tengas enganchada.
—Papá —gritó, de pronto. Hay alguien detrás de ti.
Ipso facto, me giré y noté movimiento a través de las sombras de mis ojos. Comprendí que no había escapatoria.
Me abalancé sobre el individuo que acababa de salir por la ventana. Conseguí empujarlo al vacío. El grito de una mujer sonó con pesar y otra sombra apareció en la cornisa.
—¡Maldito hijo de puta! —Aquellas palabras sonaron como una amenaza.
—Hijo, presta atención. Cuando ya no haya peligro, entra por la ventana. Enseguida vendrán a salvarte. Y recuerda que te quiero —logré decir mientras pensaba en algo.
Entonces, me lancé hacia ella. Me agarró. Quiso empujarme, pero yo sujetaba su ropa con fuerza. Me retuvo para no caer.
Me agarré a la vida, todo lo que pude.
Hasta que supe que la única forma de proteger a mi hijo, era renunciando a protegerme a mí mismo.
Me giré, y logré que ella cayera conmigo.
Mientras caía, aunque no veía nada con claridad, me imaginé los ojos desorbitados de mi hijo, mientras comprendía que veía a su padre con vida por última vez.