Consigo convencerte de que salgas de ese horno en el que tú eres capaz de sobrevivir; y en el que yo no. Te haces de rogar más de lo que puedo soportar, así que aprieto los dientes y salgo fuera. Sé que las palabras que quieren salir te alejarán aún más, así que me alejo yo.
La temperatura que alcanza ese habitáculo de metal donde te empecinas en permanecer no parece apta para humanos. Por eso dudo de que seas uno de los nuestros, aunque lo parezcas.
Te espero en la misma salida, buscando la inexistente sombra de la escuálida rama del árbol que nos debería resguardar. Ante la inutilidad de esta pretensión me declino a bajar todas las ventanas del coche, aparcado justo delante.
Mi vista se dirige hacia las frías aguas del río cercano, en el que tú no quieres bañarte a pesar del calor sofocante. Comienzo a tener la necesidad de acercarme a su orilla. Quizá debería darme por vencido contigo y dejar de buscar algo que te complazca. Tal vez lo mejor sería abandonarte en tu amargura para evitar sumergirme en ella y hacerlo en la frescura del arroyo.
—¿Vas a reaccionar de alguna manera? —te pregunto, como si eso pudiera funcionar.
Entonces, en un segundo, sales disparado y te introduces en el coche, sin tan siquiera dirigirme la palabra. Yo entro también y arranco rápido, antes de que cambies de opinión. Mientras el ventilador se decide a cambiar la temperatura de este aire caliente, comienzo a darte conversación. Te hablo de cuando eras pequeño, te doy datos que seguramente no recuerdas. Carraspeo, te cuento algo íntimo. Ya tienes una edad importante y creo que debes saberlo.
Cuando te miro por el espejo retrovisor, seguramente para ver tu reacción, resulta que llevas los cascos puestos. En ese momento, te los quitas, y me haces un gesto con la cabeza, frunciendo apenas el ceño, como si me reprocharas que hablase cuando tú estás escuchando música.
Yo te observo con fastidio y decido no hablar más.
Al llegar al aparcamiento, me obligo a olvidar lo ocurrido. Intento animarte, enfocándolo como si esto se pudiera convertir en una aventura agradable, a pesar de mi escasa fe en ello. Entonces, refunfuñas como respuesta, me echas en cara que te haya sacado de ese lugar infernal que parece haberse convertido en tu único refugio, y comienzas a discutir por tonterías.
Nos subimos a unas rocas solitarias. Extiendo mi toalla a lo ancho para poder sentarnos los dos juntos. Apoyamos nuestras espaldas sobre la pared de granito. Desde aquí se puede divisar una exuberante cascada que me llama con su voz suave y rotunda. También se puede otear la muchedumbre que, como yo, ha decidido venir hoy.
Sin pensármelo mucho, me lanzo desde la piedra al charco, convencido de que me seguirás. Sin embargo, te incrustas más en la pedregosa montaña, como si quisieras fusionarte con ella. Tus ojos se clavan en los míos. Pareces un cachorro abandonado.
Abro los brazos, en señal de muestra de lo que te estás perdiendo: un oasis en el desierto. Tú te hundes más en el suelo, como si quisieras desaparecer. Entonces, decido subir para sentarme a tu lado. Quizá ya estás listo para comunicarte.
—¿Tienes algo que contarme? —te pregunto en son de paz.
Tú cierras los ojos unos segundos y te vuelves a colocar los auriculares. Doy por hecho que te conformas con estar acompañado, aunque no estoy seguro de ello.
Intento darte lo que pienso que esperas de mí; sin embargo, no puedo resistirme a una nueva zambullida. Cuando alzo mis brazos, dispuesto a lanzarme, suspiras de forma sonora y me dices que quieres volver a la caravana. Me detengo un momento, te miro fijamente. No quiero mostrarte esta cara, así que me tiro al agua. Me sumerjo bien profundo. No quiero subir. Se está mejor aquí dentro.
De pronto, el aire de mis pulmones se acaba. Debo tomar una decisión. Mi cuerpo decide por mí. Floto sobre el agua, con la vista perdida en el cielo, buscando un color que me llene. Respiro lo más despacio que puedo, pero el alboroto de los bañistas me lo impide.
Aprieto los puños hasta que los nudillos se vuelven blancos. Comienzo a nadar de un lado a otro, sin mirar si hay alguien delante. No me importa si tropiezo con algún individuo. Si lo hago, nadaré con más fuerza, aunque tenga que pasarle por encima.
Entonces, algo hace que me detenga de pronto. Una sonrisa oscura invade mi rostro, y pienso: en unos días, cuando vuelvas con tu madre, comenzarán mis vacaciones.