MI TRABAJO

Mientras te acercas, tu mirada torva te delata.
Tus andares invasivos, como si el mundo fuese tuyo, me chirrían. Me exasperan.
Aunque también me advierten de que no lo tendré fácil contigo. De que serás una piedra en mi zapato.
Me observas como si calculases dónde dirigir tu sagacidad.
Yo bajo la mirada, la pierdo entre las imágenes de mi pantalla. Me doy un tiempo.
De pronto, no me pides, me exiges, casi ordenas, lo que demasiada gente viene pidiendo durante todo el día y que he gestionado como mejor he podido.
Yo no te lo doy. Al menos en la forma que tú pretendes.
A continuación, rebajas el tono buscando una falsa confianza, aunque tu petición de favoritismo sigue sonando a orden.
Miro a mi alrededor.
Me planteo que quizá intento ser demasiado equitativo con todos. Los que han venido antes no se han beneficiado de un trato especial, y no puedo dejarme convencer.
Un temblor sube por mi garganta.
¿Quién me paga para que atienda a estas personas?
Tú no.
¿Por qué no nos han sustituido por máquinas todavía? ¿Ellas tratarían a todo el mundo igual?
Tú insistes en lo necesario que es que me salte todas las normas para complacer tu necesidad de urgencia.
No admites un no como respuesta.
Yo me enervo aún más.
Tu voz comienza a destacar mucho más que la mía. Parece que te sientes indignado. Como si por fin alguien osara retarte. Levantas un dedo, amenazante. Tu voz también lo es. Me quieres hacer sentir pequeño, y obediente. Pero no dejo que veas que lo has conseguido. Soy minúsculo. ¿Qué me costaría hacerte el favor?
Nada.
Aunque tú no eres Dios, por mucho que te lo creas. Eres solo un energúmeno.
Ahora me crezco. Por muchos motivos, debo atenderte como al resto.
Sigo en mis trece.
Golpeas el mostrador de pronto.
Yo doy un respingo. La sangre huye de mi cabeza. No sé adónde ha ido. Solo sé que no puedo pensar. Me bloqueo.
Tú te alteras mucho más. Me insultas.
Yo me levanto. No sé dónde esconderme. No hay escapatoria. ¿Realmente me pagan para esto?
Al final, no sé cómo, acabas pidiendo disculpas. Reconoces que no es culpa mía.
Tantos altibajos me marean.
Sonrío. Respiro. O lo intento.
La tormenta ya ha pasado, para ti.
Esta vez tu mirada es amable.
He vencido al dragón.
Al fin te cansas de insistir. Sabes que no tienes nada que hacer. No hay mayores argumentos que demostrar que no son necesarios.
Te marchas.
Me desincho.
El aire que expulso es doloroso. Me siento mal. No quiero sentirme así.
Pero es mi trabajo.
Me pagan para obedecer.

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