La mera presencia de aquel viejo roble me perturbaba de forma persistente. Su tosco y robusto tronco parecía indagar hasta en lo más recóndito de mi ser a través de sus protuberancias y hendiduras. Quería tocarlo, hacerle ver que yo no era una amenaza. ¿O sí lo era? No me era posible recordar cosa alguna. No sentía nada. Aunque sí podía percibir el aire que reposaba liviano sobre los costados de aquel vegetal, cómo la luz se proyectaba sesgada sobre su caparazón desnudo.
Por un momento, me imaginé que algo latía en su interior, que la imagen ante mí expuesta se distorsionaba, mostrando cómo crecía y se encogía la corteza del árbol, emulando un corazón palpitante. Pero dudé si aquello no era de verdad, o de la realidad misma.
Quise alzar la vista, observar cómo sus ramas intentaban alcanzar el cielo, la forma en que danzaban al viento, la luz del sol jugar con sus hojas. Sin embargo, mi campo de visión se hallaba reducido a una escena permanente. Esto me ofuscó, aunque agradecí poder sentir por un momento.
Comencé a apreciar una presión en donde suponía eran las sienes. Algo me estaba atenazando con una energía que yo concebía como negativa. Unos ojos ocultos bajo la irregular corteza parecían clavarse en cada centímetro de mi piel si es que tenía forma física. Empezaba a dudarlo.
Quizá yo también formaba parte del aire. Quizá era una mota de polvo flotando en él, o tal vez una molécula minúscula e insignificante de las que la componía. Esto podría significar que una pequeña ráfaga de viento podría moverme de donde me encontraba.
Entonces, como si mis plegarias fuesen escuchadas, antes incluso de que la esperanza inundara mi mente, pude elevar la mirada. Se detuvo justo donde la madera finalizaba de forma abrupta, cruel.
Pude ver el color claro de su tronco amputado y sangrante. Algo se removió dentro de mí. Todo se agitó a mi alrededor. No comprendía nada, pero estaba dispuesto a entenderlo.
De pronto, pude ver más allá, donde yacía el resto del árbol, lacio y derrotado. Una congoja se apoderó de mí. Solo podía preguntarme qué tipo de persona había provocado aquella aberración. Aunque, en aquel momento, me percaté de que había algo más, bajo sus ramas muertas.
Un cadáver humano, con una sierra eléctrica en las manos, había sido empujado al final de su camino. Lo peor de todo era que su rostro me parecía familiar. Demasiado conocido. Recordé haberlo observado en infinidad de ocasiones a través de algún espejo. ¿Era posible que fuese yo mismo el que había perecido?
Mi visión retornó de forma inexorable hacia el tronco. Unas ondas multicolor giraban lentamente a su alrededor. Algunas interferían conmigo. No sé cómo lo supe, pero algo en mí estaba cambiando.
Comprendí que el roble estaba lleno de reproche y pensé que quizá había consumado su venganza conmigo. También pasó por mi mente que quizá había merecido aquel castigo. Aunque no lo sentí justo, y así se lo hice saber. Su indiferencia me aplastó. Un torrente de desdicha devoró mis entrañas, una rabia intensa se apoderó de mí y, por un momento, todo mi mundo se emborronó.
El recuerdo de aquel cuerpo vacío me infundía un dolor insostenible, aunque el árbol acalló mis pensamientos de pronto; me atrajo hacia él de forma brusca. Supe entonces que, después de todo, ambos nos podíamos ayudar.
Me encontraba dentro de su aura, se fundía con la mía. Supe que él volvería a resurgir de su desgracia y yo con él. Entonces solo quise cerrar los ojos para huir del sufrimiento que me subyugaba.
Cuando los volví a abrir, ya no vi nada, solo sentí el sol en la cara, el viento ondear mi cabello, y en aquel momento, por fin quedé en paz.